Londres, 8 de la mañana. Salgo de casa con la hora demasiado
justa, otra vez. No debería haber perdido esos valiosos minutos maquillándome
un poco. Nada especial, muy natural para ir a trabajar, pero aún así me ha
quitado un tiempo valioso. Me puede el ser coqueta…
El metro a esta hora está insoportable, lleno de gente que
se desplaza para ir a trabajar.
¿Encontrar sitio libre? Ni lo sueño, una vez más me tocará
leer de pie, menos mal que el trayecto es corto.
Entre toda esa multitud hay un montón de hombres en traje,
la hora punta es lo que tiene. Todos recién duchados, afeitados, oliendo
genial a colonia… No se que tienen los hombres en tarje pero me encanta. A
veces, cuando veo a uno que atrae, fantaseo con un escarceo. Acercarme por
detrás, susurrarle algo al oído y bajarnos en la próxima parada para echar un
polvo en el baño de algún Starbucks antes de ir a trabajar.
Estoy en el metro, de pie, rodeada de varios de esos hombres
en traje. Imposible leer, así que me distraigo mirando lo que está haciendo en
el móvil el hombre que está a mi derecha. EL PAÍS, se puede leer en la pantalla
del IPhone. Miro hacia arriba y le observo un momento. Es mono, moreno, alto,
de unos 35. “Mi tipo” pienso, y antes de darme cuenta mi subconsciente ha
decidido ligar con él. En esta ocasión lo tengo muy fácil para un primer
contacto, está leyendo EL PAÍS. “¿Son buenas noticias o malas como siempre?” le
pregunto y le sonrío. Levanta la mirada de la pantalla, me mira y me contesta.
“Malas, como siempre” y se medio ríe mirándome a los ojos. Ya está, a partir de
aquí es cosa suya. Yo ya he generado el primer contacto, ahora si el quiere
charlar sólo tiene que seguirlo, si no lo sigue es que le intereso lo más
mínimo, ni para amenizar el viaje en el metro con una charla. “¿De dónde eres?”
me pregunta. “Genial” pienso “al menos iré el camino entretenida”. “De Madrid,
¿y tú?” – “de Alicante”. Después de eso, los típicos “qué haces en Londres”,
“dónde vives”, “cómo que decidiste venirte”, y así hasta el “tu novio tiene que
estar orgulloso de ti”. Esa siempre es una frase trampa, si yo le respondo: sí,
lo está. Él se retirará y a otra cosa, pero si por el contrario le digo que no
tengo novio continuará con el “cortejo”. No tengo novio así que le digo: “qué va, no
tengo novio, pero mi madre está orgullosísima” Nos reímos los dos. Un poco más
de charla y por fin llega el momento, le he interesado para algo más que para
una charla en el metro y se va a tirar a la piscina. “Podíamos quedar un día
para tomar algo” me dice así como si nada. “Claro, me encantaría” le respondo
también como si nada, pero con una de mis mejores sonrisas, de esas medio tímidas.
Y justo en ese momento me doy cuenta de que estoy en mi parada, ¡mierda! No me
puedo entretener, voy tarde, no tengo su número ni él tiene el mío pero no
puedo ir hasta la próxima parada. Tengo que bajarme. “Esta es mi parada, me
tengo que ir. Adiós” le digo rápido mientras intento abrirme paso hacia la
puerta. A la vez que salgo le escucho que dice: “oye, no tengo tu número” pero
ya es tarde, las puertas del metro se han cerrado.
Mientras continúo mi camino pienso, por un lado me da un
poco de rabia no haber tenido tiempo de intercambiar números. Últimamente no
estoy muy abierta a relaciones sentimentales pero nunca se sabe, quizás lo hubiéramos
pasado bien. Y mientras miro por la ventana del tren que me lleva a mi destino
final me veo a mi misma, muchos años atrás y recuerdo claramente, como si
hubiera sido ayer, una pregunta que le hice a la hermana mayor de una amiga. “¿Cómo
se liga? Yo quiero aprender a ligar” “ a ligar no se aprende” me dijo “cuando
seas mayor te saldrá solo”
A falta de una imagen más adecuada (estoy muy cansada y me quiero acostar ya) un cuadro de Edward Hopper, un artista que aunque no es de mis favoritos, le tengo un cierto cariño desde que fui a ver una exposición suya en el museo Thyssen con alguien muy especial.


